El bolero de siempre me dijo que el PRI mexiquense tiene una extraordinaria capacidad para cambiarle el nombre a las cosas, pero una enorme dificultad para cambiar a las personas.
Ahora les llaman “Defensores de México”. El nombre pretende transmitir fortaleza, organización y cercanía con la ciudadanía rumbo a las elecciones de 2027. Sin embargo, basta observar quiénes encabezaron la presentación para entender que el problema del PRI no está en el nombre de la estrategia, sino en los rostros que la representan.
Son, en su mayoría, los mismos de siempre.
Los mismos grupos políticos.
Los mismos operadores.
Los mismos liderazgos que durante años controlaron al partido y que, paradójicamente, también fueron protagonistas de la época que terminó por llevar al PRI a perder, por primera vez en casi un siglo, el Estado de México.
Y ahí comienza el verdadero problema.
Porque una estrategia electoral no fracasa por el logotipo que la acompaña, sino por la credibilidad de quienes la encabezan.
Durante décadas, buena parte de quienes hoy vuelven a ocupar los reflectores pasaron por alcaldías, diputaciones, secretarías de Estado, dirigencias partidistas y posiciones de poder. Algunos enfrentaron señalamientos públicos por presuntos desvíos de recursos, abuso de autoridad, enriquecimiento inexplicable o manejo irregular del poder; otros simplemente representan una clase política que la ciudadanía asocia con el desgaste que llevó al PRI a su peor derrota.
La política no solamente se juzga en los tribunales.
También se juzga en la memoria colectiva.
Y esa memoria pesa.
Pero como si el desgaste histórico no fuera suficiente, el PRI mexiquense carga además con un pesado equipaje político. A nivel nacional debe soportar una dirigencia encabezada por Alejandro “Alito” Moreno, cuya permanencia al frente del partido ha generado profundas divisiones internas y una cadena de derrotas electorales.
En el Estado de México, el priismo tampoco ha logrado cerrar las heridas que dejó la administración de Alfredo del Mazo. Para una parte importante de su militancia, aquel gobierno terminó entregando el último gran bastión del partido sin una verdadera defensa política. Y como si eso no bastara, la salida de Alejandra del Moral para incorporarse al proyecto político que durante años enfrentó fue interpretada por muchos priistas como una traición que terminó por desmoralizar a una estructura que ya venía profundamente golpeada.
Con ese historial resulta complicado convencer a los ciudadanos de que el PRI vive una nueva etapa.
Porque las heridas siguen abiertas.
Y los responsables, en muchos casos, siguen ocupando las primeras filas.
Lo más preocupante, sin embargo, no es que regresen los mismos personajes.
Lo verdaderamente alarmante es que casi no aparecen nuevos liderazgos.
Es cierto, hoy prácticamente ningún partido político mexicano está haciendo escuela para formar cuadros jóvenes. La política nacional parece haber sustituido la preparación por la improvisación, el trabajo territorial por las redes sociales y la construcción de liderazgos por el reciclaje permanente de los mismos nombres.
Pero al partido que más debería preocuparle esa ausencia es precisamente al PRI.
Porque Morena gobierna.
Movimiento Ciudadano crece.
El PAN conserva algunos espacios competitivos.
El PRI, en cambio, necesita reconstruirse prácticamente desde sus cimientos.
Y esa reconstrucción no puede hacerse con quienes ya estuvieron al frente cuando el edificio se vino abajo.
¿Dónde están los jóvenes que crecieron lejos de los viejos grupos?
¿Dónde están los profesionistas, académicos, empresarios, líderes sociales o activistas que puedan hablarle a una generación que nunca votó por el PRI y que hoy simplemente lo observa como un partido del pasado?
No aparecen.
Y quizá no aparecen porque nunca encontraron espacio.
La mayor crisis del PRI ya no es electoral.
Es generacional.
Mientras la dirigencia insiste en presumir músculo territorial, el verdadero desafío sigue sin atenderse: recuperar credibilidad.
Porque una estructura puede movilizar votos.
Pero difícilmente puede mover conciencias cuando quienes la encabezan representan justamente aquello que buena parte de la ciudadanía decidió castigar en las urnas.

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