El mapa político del Estado de México atraviesa una metamorfosis tan acelerada como pragmática. Lo que antes requería años de asimilación ideológica, hoy se resuelve con una renuncia en redes sociales y una oportuna foto de café. La otrora imbatible estructura del Partido Revolucionario Institucional (PRI) padece una fuga de capital político sin precedentes. No es convicción; es supervivencia pura en la antesala de la reconfiguración local rumbo a 2027. Vivimos, formalmente, la más descarada época de chapulines en el Edomex.
El fenómeno ya no se esconde en las sombras de las negociaciones de pasillo. Hace apenas unas semanas, el municipio industrial de Lerma atestiguó el sismo: su alcalde, Miguel Ángel Ramírez Ponce, rompió públicamente con más de dos décadas de militancia tricolor. Ramírez Ponce, recién reelecto bajo las siglas que hoy abandona, argumentó un desgaste interno y la necesidad de priorizar la gestión institucional. Sin embargo, el trasfondo es evidente: gobernar un corredor económico estratégico requiere estar bien sintonizado con el Palacio de Gobierno en Toluca. Su aproximación al bloque oficialista de Morena y el Partido Verde Ecologista de México (PVEM) no es una coincidencia, sino un calculado salto de fe institucional.
El mismo libreto se lee un poco más al sur. En Mexicaltzingo, la odontóloga Saray Benítez Espinoza completó su transmutación política de manera abierta. Tras haber conquistado el ayuntamiento en dos ocasiones cobijada por el PRI, Benítez formalizó su inscripción directa en las filas de Morena. La justificación fue la clásica de esta temporada de saltos: acusar a su dirigencia original de bloquear la colaboración estrecha con el gobierno de la transformación. Con este movimiento, Mexicaltzingo pasa de ser un municipio ganado por la oposición a convertirse en un trofeo más para el oficialismo, dejando al electorado original con un severo cuestionamiento sobre la lealtad de sus gobernantes.
Pero el “chapulinismo” mexiquense no se limita a quienes ostentan una alcaldía en funciones; también alcanza a la vieja guardia que aún sabe leer el viento. El caso más reciente y sintomático de esta fiebre de reacomodos es el de Ricardo Aguilar Castillo, exdirigente estatal del PRI y uno de los operadores con mayor colmillo en el estado. Hace apenas unos días, una fotografía incendió las mesas políticas de la entidad: Aguilar Castillo fue visto en una “extraordinaria charla” compartiendo mesa y proyecciones con Francisco “Paco” Vázquez Rodríguez, actual coordinador de Morena en el Congreso local y presidente de la Junta de Coordinación Política.

Aunque los implicados pretendan enmarcar el encuentro como un intercambio plural sobre los retos del Estado de México, en política la forma es fondo. Ver a un pilar histórico del priismo buscando el cobijo visual del hombre fuerte de la legislatura de la Cuarta Transformación confirma que las compuertas están abiertas.
La gran interrogante en esta época de chapulines no es cuántos alcaldes u operadores más dejarán el barco tricolor, sino cómo procesará la militancia fundacional de Morena esta masiva adopción de cuadros externos. Mientras la dirigencia nacional analiza filtros para evitar que el partido sea utilizado simplemente como un escudo de impunidad o pragmatismo presupuestal, en el suelo mexiquense la realidad avanza más rápido que la ideología. Los principios de “no mentir, no robar y no traicionar” se enfrentan hoy a la fría necesidad de sumar estructuras territoriales. En el Edomex, el salto del año ha comenzado, y la congruencia parece ser la única que se quedó sin boleto.
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