Faltan 100 días para el mundial y México será anfitrión del evento deportivo más visto del planeta. Millones de ojos, millones de turistas, millones de dólares en juego. Y mientras el discurso oficial habla de fiesta, legado y orgullo nacional, los datos —esos ingratos— cuentan otra historia.
Qué pena con las visitas.
No se trata de percepción. Se trata de cifras. En 2024 México registró 33,241 homicidios, una tasa de 25.6 por cada 100 mil habitantes. No es una opinión, es un dato oficial. Y mientras tanto, en ciudades como Ecatepec, casi 9 de cada 10 personas se sienten inseguras. El turista no va a leer el boletín técnico; va a sacar dinero en un cajero donde 72.3% de la población dice sentirse insegura, caminar por calles donde 64.9% percibe riesgo y usar transporte público que tampoco inspira confianza.
Pero tranquilos: habrá Fan Fest.
El símbolo máximo del Mundial en México, el Estadio Azteca, llega con presión, financiamiento extraordinario y reportes de retrasos. Incluso se ha mencionado el riesgo reputacional de no cumplir plazos. El estadio más icónico del continente —el que presume dos finales históricas— remodelándose contra reloj. Nada dice “potencia organizadora” como una obra apurada.
Qué pena con las visitas.
Y luego está el aire. Porque el Mundial no solo se ve, se respira. En 2024, la concentración promedio de PM2.5 en CDMX fue de 23.4 µg/m³, casi cinco veces el nivel guía anual recomendado por la OMS. Guadalajara y Monterrey tampoco cantan mal las rancheras. No es “smog romántico”. Es contaminación medible. Es salud pública. Es la postal gris que acompaña la selfie del turista.
Pero habrá drones, luces y ceremonias.
Y si bajamos la mirada del cielo a los ríos, la escena tampoco mejora. El propio INEGI estima que el costo económico del agotamiento y degradación del agua en 2023 fue de más de 102 mil millones de pesos, equivalente a 0.32% del PIB. La UNAM documenta fallas estructurales en drenajes, escurrimientos y descargas urbanas. México trata alrededor del 65% de sus aguas residuales domésticas a niveles seguros. El resto… bueno, fluye.
Qué pena con las visitas.
El Mundial no es solo 90 minutos de partido. Es movilidad, infraestructura, seguridad nocturna, calidad del aire, servicios públicos funcionando sin excusas. No basta con maquillar fachadas, pintar banquetas y colocar banderines tricolores.
El mundo no solo verá goles. Verá cajeros automáticos, verá patrullas, verá tráfico, verá smog. Verá si el agua corre limpia o no.
El problema no es de narrativa. Es operativo. Es estructural. Es medible.
México tiene todo para ofrecer una fiesta inolvidable. Cultura, pasión, hospitalidad. Pero también tiene indicadores que no se resuelven con un slogan.
Y el riesgo no es que el mundo nos critique. El riesgo es que confirme lo que ya sabe.
Porque cuando el silbatazo inicial suene en 2026, no solo comenzará un partido. Comenzará una auditoría global en tiempo real.
Y entonces sí, si no se hicieron las cosas bien, no quedará más que decirlo con resignación:
Qué pena con las visitas.

