Octubre en Toluca sabe a azúcar, chocolate y amaranto. Bajo los portales del centro histórico, los aromas dulces anuncian el arranque de la Feria del Alfeñique, un encuentro donde la muerte se acompaña de sabores que evocan la memoria y la nostalgia. Desde este miércoles y hasta los primeros días de noviembre, los pasillos se llenarán de colores brillantes, figuras tradicionales y familias que buscan piezas para adornar sus ofrendas.
Los artesanos que cada año instalan sus puestos reconocen que esta temporada es el resultado de meses de preparación. Las calaveritas, cruces y ataúdes no se improvisan; comienzan a trabajarse desde febrero o marzo, cuando se preparan moldes y se calcula la compra de insumos, por ello, la feria no solo representa un momento de venta, también es la culminación de un proceso que se transmite en las familias de generación en generación.
“Nos da mucha emoción que la gente venga a comprar el dulce que fabricamos prácticamente todo el año. Empezamos desde febrero, marzo, y que les guste, que les agrade, que no se pierda la tradición”, relató Ana María Vargas, artesana de quinta generación que ocupa el puesto 82 bajo los portales, donde su familia ha trabajado por décadas.

En los mostradores conviven calaveritas de alfeñique con figuras de chocolate y amaranto. Los artesanos reconocen que, aunque el público a veces solicita personajes ajenos a la festividad, ellos mantienen la esencia del Día de Muertos.
Para este año, el precio, explicaron los artesanos, depende del tamaño y del material pues hay piezas desde 15 pesos hasta 150. Una familia puede llevarse una ofrenda completa con calaveritas, ataúdes, cruces y figuras de chocolate sin que el gasto represente un incremento respecto al año pasado.
Sin embargo, la elaboración de dulces enfrenta complicaciones por las lluvias y por el aumento en los insumos. El azúcar, el chocolate y otros materiales básicos han subido hasta 20 por ciento, lo que golpea a los productores que trabajan con inversión propia. A pesar de ello, los artesanos decidieron mantener los precios del año pasado como una manera de respetar a los clientes y garantizar que la tradición llegue a todos los hogares.
“Todo subió, los insumos bastante caros, pero vamos a procurar mantener el precio del año pasado. Fue un duro golpe, pero lo hacemos para que la tradición siga y no se pierda”, explicó Ana María.
El clima también es un factor debido a que las lluvias reblandecen el alfeñique y complican la conservación de las piezas, por lo que cada temporada implica un esfuerzo adicional para protegerlas. Aun así, las familias dedicadas a este oficio aseguran que cada figura es un testimonio de cuidado, tiempo y amor por el trabajo artesanal.
El oficio del alfeñique no se aprende en talleres formales, sino en el hogar. Ana María recuerda que fue su madre y su abuela quienes le enseñaron a trabajar el azúcar, moldear las piezas y vaciar los moldes. Hoy sus hijos y nietos participan también en la producción, lo que convierte a esta tradición en un lazo familiar que se fortalece con cada temporada.
“Es algo que nos enseñaron y nos inculcaron a trabajar. Uno va creciendo con eso y lo hace con mucho gusto, con mucho amor”, expresó mientras mostraba las calaveritas recién desmoldadas.
Más allá de la venta, la Feria del Alfeñique se ha consolidado como un espacio donde la muerte adquiere otro sentido. En medio del duelo, el sabor dulce se convierte en un puente con los recuerdos, una forma de acompañar a quienes ya no están.
Pedro Pérez
