Por más que la política moderna intente reducirlo todo a likes, hashtags y conferencias mañaneras, hay fechas que terminan convirtiéndose en referencias inevitables. El 4 de junio es una de ellas para el Estado de México.
Hace tres años, los mexiquenses escribieron una página inédita en su historia política. Después de 94 años de gobiernos priistas, la ciudadanía decidió cambiar de rumbo y entregó el poder a Delfina Gómez Álvarez. No fue una victoria cualquiera. Fue el derrumbe de una estructura que parecía invencible y el inicio de una expectativa gigantesca: demostrar que gobernar distinto era posible.
La pregunta obligada, tres años después, es si el cambio prometido se convirtió en resultados tangibles o si terminó atrapado en la misma inercia burocrática que desgastó a sus antecesores.
Los números y las obras permiten afirmar que sí existen avances visibles. Programas como Mujeres con Bienestar lograron convertirse en uno de los principales instrumentos de apoyo social para miles de familias. La conclusión de hospitales abandonados durante años y la incorporación de personas sin seguridad social al esquema IMSS-Bienestar son acciones que difícilmente pueden ignorarse.
En infraestructura, tampoco puede negarse que el gobierno estatal encontró proyectos detenidos o empantanados y los empujó hasta convertirlos en realidad. El Tren Interurbano México-Toluca, el Trolebús Elevado Chalco-Santa Martha y la expansión de diversos corredores de movilidad son obras que impactan directamente en la vida cotidiana de millones de personas.
En materia de seguridad, la Operación Enjambre marcó una diferencia política importante: por primera vez en muchos años se observó una estrategia que no solamente persigue delincuentes, sino también a funcionarios públicos señalados por vínculos con actividades ilícitas. El mensaje fue claro: la corrupción dentro del aparato gubernamental también debe combatirse.
Sin embargo, sería un error caer en la tentación de los balances triunfalistas.
Porque si algo caracteriza al Estado de México es que los desafíos siguen siendo enormes. La percepción de inseguridad continúa siendo alta en varios municipios. Las desapariciones siguen lastimando a cientos de familias. Los servicios públicos mantienen rezagos históricos y muchas regiones del sur mexiquense aún esperan que los beneficios del cambio lleguen con la misma velocidad que llegaron a las zonas metropolitanas.
Quizá el principal reto para Delfina Gómez no sea demostrar que ha hecho más que los gobiernos anteriores. El verdadero desafío es convencer a una ciudadanía que votó por una transformación profunda de que el cambio no fue únicamente electoral.
Porque sacar al PRI de Palacio de Gobierno fue un acontecimiento histórico. Mantener viva la esperanza de que las cosas pueden hacerse mejor es una tarea mucho más compleja.
El tiempo político suele ser implacable. Los primeros tres años sirven para construir. Los siguientes serán para evaluar si aquello que comenzó como una alternancia histórica logra consolidarse como una transformación duradera.
Y mientras eso ocurre, el Bolero de siempre me dijo que los gobiernos no se recuerdan por los discursos que pronuncian ni por las estadísticas que presumen. Se recuerdan por la huella que dejan en la vida cotidiana de la gente.
Ahí, y solamente ahí, se escribirá el juicio definitivo sobre esta administración.
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