El dolor que el gobierno no quiere mirar
El Bolero de siempre me dijo que hay gobiernos que no necesitan cerrar los ojos para no ver; les basta con mirar hacia otro lado. Y en México, frente a la tragedia de las personas desaparecidas, la autoridad ha perfeccionado una forma muy cruel de gobernar: escuchar sin oír, responder sin resolver y acompañar sin acompañar.
La crisis no cabe en un discurso. Son más de 130 mil personas desaparecidas, miles de familias rotas y madres que han tenido que cambiar la cocina por la pala, la espera por la búsqueda y el duelo por la esperanza de encontrar a sus hijos.
No buscan privilegios ni reflectores. Buscan respuestas.
Las madres que hacen el trabajo del Estado
Desde hace años, los colectivos de búsqueda han asumido una tarea que debería corresponder a las instituciones. Con recursos propios, organizándose entre ellas y enfrentando riesgos permanentes, han encontrado fosas clandestinas, restos humanos e incluso personas con vida.
La paradoja es dolorosa. Mientras las madres recorren cerros, barrancas y terrenos abandonados, muchas veces descubren que los restos de sus seres queridos se encontraban bajo resguardo oficial, almacenados en servicios médicos forenses saturados y sin identificar.
La desaparición no termina cuando una persona es localizada sin vida. Continúa cuando el Estado es incapaz de ponerle nombre a un cuerpo.
Del diálogo prometido al silencio institucional
La llamada Cuarta Transformación llegó al poder prometiendo poner a las víctimas en el centro de las políticas públicas. Sin embargo, para numerosos colectivos, la realidad ha sido distinta.
Primero con Andrés Manuel López Obrador y ahora con Claudia Sheinbaum, las madres buscadoras han denunciado la falta de espacios de diálogo directo y la minimización de una tragedia que sigue creciendo.
Cada vez que una crítica internacional señala la crisis de desapariciones, la reacción gubernamental parece concentrarse más en defender la imagen institucional que en atender el fondo del problema.
El Mundial y la protesta que incomodó al poder
La Copa del Mundo representó una oportunidad para mostrar al mundo la mejor cara de México. Pero también para exhibir una de sus heridas más profundas.
Los colectivos de búsqueda intentaron acercarse a las inmediaciones del Estadio Azteca para realizar una protesta pacífica y visibilizar la crisis de desapariciones que vive el país.
No buscaban interrumpir el fútbol.
Buscaban que el mundo escuchara lo que durante años muchas autoridades han preferido ignorar.

La imagen que retrató a México
La escena quedará grabada como una de las imágenes más poderosas de este año.
Una madre buscadora de rodillas frente a un muro de policías antimotines, suplicando que la dejaran avanzar.
No había violencia.
No había amenazas.
Solo una mujer pidiendo ser escuchada.
La fotografía retrata con crudeza la distancia entre quienes buscan a sus hijos y quienes deberían ayudarlas a encontrarlos.
Más preocupación por la protesta que por los desaparecidos
Lo más preocupante vino después.
Mientras miles de familias siguen esperando respuestas sobre el destino de sus seres queridos, la discusión pública se desplazó hacia la protesta misma.
En lugar de anunciar nuevas acciones para localizar personas desaparecidas, las autoridades centraron parte de su atención en cuestionar el origen de los recursos utilizados para movilizar a los colectivos.
La pregunta inevitable surge sola: ¿por qué parece más urgente investigar a quienes buscan que a quienes desaparecen?
La soberanía de la indiferencia
México enfrenta una crisis de violencia, desapariciones, trata de personas y crimen organizado que no admite maquillajes ni discursos triunfalistas.
Frente a esta realidad, el gobierno reivindica constantemente la soberanía nacional para rechazar críticas externas y defender sus decisiones.
Pero existe otra soberanía que preocupa más: la soberanía de la indiferencia.
La capacidad de ignorar el dolor ajeno mientras se protege la narrativa oficial.
Cuando una madre tiene que suplicar
El Bolero de siempre me dijo que un país puede acostumbrarse a muchas cosas, pero nunca debería acostumbrarse a que una madre tenga que arrodillarse frente al Estado para pedir justicia.
Las madres buscadoras no son adversarias políticas.
No son enemigas del gobierno.
No son una amenaza para la estabilidad nacional.
Son mujeres que buscan a sus hijos.
Y cuando el poder responde con indiferencia, sospecha o distancia, la tragedia deja de ser únicamente la desaparición de miles de personas.
Se convierte también en la desaparición de la empatía.
Porque si una madre tiene que suplicarle al Estado que la escuche, entonces el problema ya no es solamente la violencia.
Es la soberana indolencia de quienes gobiernan.
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