En la Ciudad de México los delitos bajan, las cifras sonríen y los gráficos oficiales apuntan hacia abajo. El problema —según la jefa de Gobierno, Clara Brugada— no es lo que pasa en las calles, sino lo que se ve en la televisión. O peor aún: lo que se cuenta.
La mandataria capitalina propuso algo que suena conocido, casi nostálgico: un “gran acuerdo” con los medios para bajarle a la nota roja. Nada grave, aclara después. Nada de censura. Nada de pactos de silencio. Solo diálogo, ética, reflexión colectiva… y, de ser posible, menos sangre en pantalla.
El argumento es simple y cómodo: más del 60 % de la población se entera de los temas de seguridad por la televisión, y eso —dice— eleva la percepción de inseguridad. No importa tanto que el vecino haya sido asaltado o que la colonia viva con miedo; lo que realmente altera a la ciudadanía es el noticiero de la noche.
Porque, claro, si no se ve, no pasa. O al menos no se siente.
Brugada reconoce que la nota roja “atrae”, que genera rating y que forma parte de una estrategia mediática. Hasta ahí, nada nuevo. Lo novedoso es que el señalamiento venga desde el poder y no desde una mesa de análisis académico. Y más interesante aún: que se sugiera un acuerdo informal para moderar esa cobertura, justo cuando el discurso oficial presume reducciones históricas del delito.
La contradicción no tardó en aparecer. Horas después, la jefa de Gobierno salió a aclarar que no habló de pactos de silencio, que no hay censura y que todo es una “mentira” de algunos medios. Lo que sí quiere —dice— es un diálogo abierto sobre la función social del periodismo y la ética informativa. Un matiz fino, casi quirúrgico.
El problema es que en México la memoria es terca. El expresidente Andrés Manuel López Obrador fue uno de los principales críticos de los acuerdos entre gobiernos y medios para no hablar de violencia. Los llamó pactos de silencio, símbolos de complicidad y maquillaje político. Hoy, desde el mismo movimiento, se plantea algo que se le parece demasiado… aunque con otro nombre.
La jefa de Gobierno insiste en que no se busca callar, sino contextualizar. Que no se pretende censurar, sino evitar el morbo. Que no se persigue a periodistas, sino a la desinformación. Todo muy razonable, salvo por un detalle incómodo: ¿quién decide cuándo una nota informa y cuándo “exagera”? ¿El medio o el gobierno?
También hay un dato revelador: Brugada menciona que las encuestas del Inegi sobre percepción de inseguridad coinciden con hechos mediáticos de alto impacto. Como la explosión de una pipa en La Concordia. Es decir, la percepción sube cuando pasan cosas graves… y se informan. Qué curioso mecanismo.
Tal vez el verdadero reto no sea convencer a los medios de bajar el volumen, sino aceptar que la percepción también es una forma de realidad. Que la gente no siente miedo por gusto, ni por rating, sino porque vive experiencias concretas que no desaparecen con gráficas optimistas.
La nota roja no crea la violencia; la exhibe. A veces con exceso, sí. A veces con morbo, también. Pero pretender que el problema es el espejo y no lo que refleja suele ser el primer paso hacia el autoengaño institucional.
En la CDMX, por ahora, el mensaje es claro: los delitos bajan, pero el miedo insiste. Y quizá no sea porque la televisión exagera, sino porque la realidad, aun con cifras a la baja, sigue golpeando más fuerte que cualquier encabezado.

