Por Marco Antonio Aguilar
Parece un chiste de esos que te cuentan y no puedes creer: pagamos un impuesto por alumbrado público, pero nuestras calles siguen envueltas en sombras, como si la luz se hubiera declarado en huelga. Nos llega el recibo de la Comisión Federal de Electricidad con un cargo extra, bien disfrazado, llamado “Derecho de Alumbrado Público” (DAP). Y aunque lo liquidamos puntualmente, nuestras calles continúan siendo laberintos oscuros, perfectos para quienes acechan entre las sombras.
Nos dicen que el DAP es para que nuestras calles brillen, pero lo único que brilla es la factura. ¿Dónde están esas luces prometidas? En lugar de iluminar, los municipios mexiquenses parecen haberse especializado en perfeccionar la penumbra. Caminamos por calles que parecen un telón de teatro, donde solo los villanos tienen protagonismo y los ciudadanos somos simples extras en una tragedia de inseguridad.
Lo curioso es que este impuesto lo cobran los municipios a través del recibo de luz emitido por la Comisión Federal de Electricidad (CFE). Los fondos van a parar a las arcas municipales, y ellos son los responsables de administrar estos recursos para mantener y mejorar el alumbrado público. Pero aquí es donde, literalmente, el foco se apaga: aunque los recursos existen, las calles siguen a oscuras. Se supone que este dinero debería servir para mantener las luminarias funcionando y garantizar la seguridad, pero lo único seguro es que la oscuridad prevalece. ¿A dónde se va el dinero? Es una pregunta que parece quedarse flotando en el aire, como la luz que nunca llega.
Mientras tanto, el peligro acecha en cada esquina. No importa si es Toluca, Metepec, Zinacantepec, Tlalnepantla o Texcoco: el escenario es el mismo. La oscuridad convierte nuestras calles en trampas, donde los delincuentes se mueven como peces en el agua. Asaltos y violencia se despliegan a sus anchas, amparados por la falta de luz, que los protege mejor que cualquier ley. Y mientras tanto, nosotros seguimos pagando por un servicio que parece ser tan invisible como la propia luz.
Es lamentable ver cómo los municipios se deslindan de sus responsabilidades. ¿Cómo es posible que, a pesar de tener un impuesto destinado al alumbrado, sigamos siendo prisioneros de la noche? Pareciera que el pago se queda en las arcas del olvido, mientras nuestras calles se hunden más y más en la oscuridad. Y la historia es la misma en todos los municipios del Estado de México. ¿Qué nos queda hacer como ciudadanos? ¿Deberíamos empezar a llevar lámparas de bolsillo para iluminar nuestros caminos? ¿O seguir confiando en que, algún día, las autoridades se den cuenta de que la luz no solo es un derecho, sino una necesidad básica para la seguridad?
Tal vez ha llegado el momento de encender una nueva chispa en la conciencia de nuestros diputados y alcaldes. No se trata solo de prender y apagar focos, sino de iluminar con seriedad y responsabilidad nuestras calles. Porque, si seguimos así, pagando por luz pero caminando en la oscuridad, el único que saldrá ganando será el miedo.
Mientras tanto, nosotros, como buenos ciudadanos que pagamos puntualmente, seguiremos preguntándonos: ¿a dónde se va ese pago? ¿Acaso se pierde en un agujero negro? O tal vez la luz se está reservando para algún espectáculo especial, porque de momento, lo único que brilla es nuestra paciencia, que cada vez se agota más.

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