Les presentamos la primera columna de El Búnker, un espacio para el diálogo y reflexión respecto de temas de seguridad, justicia y gobierno, por Jesús Moreno

26-03-2019 hace 1 mes

Alejandro Zhadow

Comentario a la columna de Mauricio Meschoulam.

Recientemente, el especialista en seguridad internacional y terrorismo, Mauricio Meshoulam, escribió una interesante columna en el periódico El Universal titulada “¿Hay terrorismo en México?”, que me gustaría comentar por el profundo análisis técnico que hay detrás de ella respecto del concepto del terrorismo, pero que para quienes no están familiarizados con el tema les pudiera resultar un poco difícil de apreciar.

A contrario de lo que ocurre con la definición de homicidio, por ejemplo, al que todos definimos y reconocemos como la conducta de privar de la vida a otro, por su complejidad, la definición de terrorismo no ha sido universalmente aceptada ni reconocida por la comunidad internacional. Es en el ámbito académico donde se encuentra el más amplio debate respecto de esta conducta antisocial y violenta.

Por ello, mi intención en este espacio es abonar al esclarecimiento del concepto del terrorismo, y lo haré partiendo del análisis de la definición que proporciona el destacado profesor Meschoulam –misma que comparto– quien dice que pensemos en el terrorismo como el uso intencional y premeditado de la fuerza contra civiles o no-combatientes por parte de un actor subestatal, con el objeto de inducir un estado de terror en una sociedad o en partes de ella a fin de canalizar, a través de ese miedo colectivo, determinados mensajes o reivindicaciones para ejercer presión en ciertos actores o en tomadores de decisiones, y a través de ello conseguir acercarse a sus metas.

En ese sentido, se observa que la definición refleja un entramado de elementos concatenados entre sí. En otras palabras, para definir el terrorismo no basta con la mera y particular utilización de la fuerza y su objetivo, sino que para que ello cobra relevancia, debemos atender al actor que la ejerce, a quien lo sufre o reciente en su persona, a los medios que utiliza y a la finalidad con la que lo hace.

Entonces, para que el terrorismo sea eso y no otra cosa, el uso de la fuerza utilizada de manera intencional y premeditada en contra de civiles o no-combatientes, lo entendemos como una conducta que nace del pensamiento reflexivo que realiza el actor antes de ejecutarlo, conociendo y previendo el resultado de esa específica conducta. En consecuencia, si en un incidente violento, como daño colateral o como una cuestión accidental, hay víctimas civiles o no combatientes, no se pudiese considerar como terrorismo dado que la conducta violenta no fue deliberadamente ejecutada en contra de estas personas.

Respecto de la naturaleza o calidad que se le da a la víctima, esta debe ser civil o no- combatiente. Por civiles consideramos a aquellas personas que no forman parte del Instituto Armado –Ejército, Fuerza Aérea o Marina Armada–, y por no combatientes a aquellos miembros de las Fuerzas Armadas que no toman parte de las hostilidades en un conflicto armado.

Por cuanto hace al actor que ejerce la fuerza, es común que, en automático, pensemos en organizaciones terroristas. No obstante, cabe mencionar que el terrorismo puede ser perpetrado de manera individual o colectiva. Ello es importante pues impacta, por ejemplo, en las consecuencias jurídicas y penales para el actor, dado que en las legislaciones de ciertos países –México por ejemplo– existen tratamientos especiales (más severos y con más restricciones al debido proceso) para la investigación y sanción de delitos cometidos bajo el esquema colectivo, es decir, de delincuencia organizada. Pero basta con echar un vistazo a los más recientes incidentes terroristas en diferentes partes del mundo para percatarnos de que, en su mayoría, son perpetrados por individuos que actúan en solitario, más que por organizaciones, y que su letalidad es de igual o mayor alcance que el de las organizaciones terroristas.

Ahora bien, en su definición, Mauricio Meschoulam rescata una característica que ha generado un polémico debate en la academia: el considerar al terrorista como un actor subestatal. Esto quiere decir que no existe el Terrorismo de Estado, como muchos denominan a la violencia que ejerce el gobierno de un Estado en contra de sus ciudadanos. Bruce Hoffman, catedrático de Georgetown University y reconocido como el más prolijo estudioso del terrorismo, establece que el uso de la fuerza del Estado esta regulado por las Convenciones de Ginebra, y al ser esto así, los agentes estatales incurrirán en otro tipo de hipótesis delictivas, denominados crímenes de guerra y de lesa humanidad, cuya diferencia radica, a su vez, en las consecuencias jurídicas y penales. Me refiero propiamente al hecho de que ese tipo de conductas son imprescriptibles para su persecución penal, y que abren la puerta a figuras novedosas como la jurisdicción universal del afamado juez español Baltasar Garzón.

Por su parte, quienes asumen al Estado como actor terrorista, basan su argumento en el nivel de cooperación que existe entre los gobiernos y las organizaciones terroristas, situación que ciertamente ocurre, pero en lo personal considero que dicha conducta pudiera identificarse como otra hipótesis delictiva, cercana si, pero diferente al terrorismo.

Respecto del objetivo del terrorista, bajo la definición en comento, esta se refiere a inducir un estado de terror en una sociedad o en parte de ella a fin de canalizar, a través de ese miedo colectivo, determinados mensajes o reivindicaciones para ejercer presión en ciertos actores o en tomadores de decisiones, y a través de ello conseguir acercarse a sus metas. Luego entonces, ello se puede traducir en la violencia como medio de comunicación. En este sentido pienso que el terror, entendido como aquel miedo intenso, confluye con la zozobra, la inquietud, la ansiedad y la empatía. Como dice Meschoulam, al final la víctima que sufre en su persona el incidente violento, no es el objetivo directo del terrorista sino su instrumento.

Y es ahí donde los medios de comunicación juegan un trascendental rol, pues considero que estos pueden convertirse en agentes anti-terroristas o, en su defecto y para desgracia de la sociedad, en sus títeres y coadyuvantes. Si la intención del terrorista es mandar un mensaje a la sociedad, no debemos ayudarlos. Si bien es cierto que las tecnologías de la comunicación avanzan a pasos agigantados, y que el acceso a la información hoy en día es considerado como un derecho humano, también lo es que se debe ponderar esto último con el hecho, entre otros, de; 1) no maximizar el alcance del mensaje terrorista (pues de resultar ello favorable, seguramente lo volverá a hacer) y 2) no revictimizar a quienes han sufrido en su persona el ataque terrorista.

No debemos olvidar que en un ataque terrorista convergen múltiples conductas delictivas. Desde una perspectiva jurídica mexicana, podemos enunciar, principalmente, delitos como daño a la propiedad, lesiones, ataques a las vías de comunicación y, desde luego, homicidio. Por ello, la profesora española Carmen Lamarca, sostiene que para definir al terrorismo se debe atender al elemento teológico, es decir, a la finalidad, más allá de la utilización de los medios (uso de la fuerza), pues de ser así, estaríamos ante una redundancia jurídica, porque en ese caso se confundiría con el delito común o primigenio del que el terrorismo debe ser diferenciado.

Finalmente, pienso que al analizar detenidamente el concepto del terrorismo podemos concluir que este tipo de flagelo, a diferencia de otros, se basa en motivaciones ideológicas de naturaleza extrema. En consecuencia, considero que una herramienta efectiva para combatirlo es, entre otras, la educación, pues mediante el desarrollo de las facultades intelectuales, pienso que es más difícil radicalizar a una persona mediante técnicas de manipulación y adoctrinamiento.

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JMorenoBalbuena*

  • El autor es egresado de la Maestría en Gobierno con especialización en Combate al Terrorismo y Seguridad Nacional del International Institute for Counter-Terrorism de Herzliya, Israel, y Licenciado en Derecho por la Universidad Anáhuac México Norte.